La ciencia y el arte conforme principios naturales


    La concepción que se tiene sobre la ciencia y el arte ha sido, desde todos los tiempos, la manera de poder perfeccionar la vida de los humanos, pues en sí mismas son una y la misma cosa, como el arte de escribir y el conocimiento que te otorga eso mismo, y que aporta utilidad para el ser humano. Por otra parte, la ciencia y el arte no se dan sino por medios manifiestos en la naturaleza, es decir, el artista y el sabio son aprendices de la naturaleza que por el perfeccionamiento de su ciencia y arte buscan asemejarse a ella.
 
       No obstante, el perfeccionamiento del arte y la ciencia, dadas las condiciones actuales del mundo, ha terminado por degenerar y corromper a la humanidad, pues la finalidad de los mismos olvidó sus principios por la ambición. Así, pues, la ciencia y el arte han de ser –en esencia– despreciativas de la ambición. Por más que los científicos y artistas hagan de la ciencia y el arte un fin solo para procurarse el reconocimiento mundial por la supuesta perfección alcanzada a estas disciplinas; el arte y la ciencia deben, por tanto, ser despreciativas de la ambición, porque en virtud de sí mismas procuran como fin último el asemejarse, en la medida de lo posible, a la naturaleza, logrando así un principio sustancial hacia la excelencia, es decir, alcanzar un estado conforme a lo natural.

       Los principios connaturales de la ciencia y el arte son, en sí mismos, bellos y adecuados, en tanto mantienen la virtud por la cual han sido creados, además de que el sabio artífice, si se mantiene apegado a ella, se seguirá de ahí que será estimado por la causa misma. Tal es así que, la ciencia y el arte han de ser en esencia despreciativas de la ambición, pues de acuerdo con J.J. Rousseau (1750) las artes y las ciencias no son sino producto artificioso para satisfacer al vicio de la ambición, de ser producto de las virtudes, sus fines se remontarían a un bien obtenido de sus ventajas. De suerte que, "de ser producto de las virtudes", las consecuencias de lo creado serían laudables por sí mismas, por la razón suficiente de que integra lo natural. Hay quienes dicen que en el alma existen dos inclinaciones, a saber, una natural y otra artificial y, a mi sentir, hay mucha verdad en ello, pues lo natural simplemente se centra en el deseo de representar (mediante obra) a la ciencia y el arte de la naturaleza, mientras lo artificial es el afán a satisfacer una ambición por medio de la corrupción de las ciencias y artes. J.J. Rousseau (1750) lo señala muy bien cuando dice “Prodíganse recompensas al talento, en tanto que la virtud la permanece sin honores. Concédense premios mil por los bellos discursos, ninguno por las buenas acciones”. Asentado, pues, este principio de «virtud» en la ciencia y el arte, debemos de considerar, por consiguiente, a la naturaleza como ser por sí misma necesaria, pues es en ella en donde se hace manifiesta la perfección del Arte y la máxima plenitud de la Ciencia, como bien pensó Francis de Verulam:

 '[...] deberían hacerse todos los intentos posibles porque aquella relación entre la mente del hombre y la naturaleza de las cosas, que es más preciosa que cualquier cosa sobre la tierra, o por lo menos que cualquier cosa terrenal, pueda ser restaurada, del modo que sea a su estado original y perfecto, o si no puede serlo, por lo menos devuelta a un estado mejor que aquel en que se encuentra actualmente.' (Francois Bacon, 1585)

       No obstante, aún si los sabios artífices mantuvieran este principio, inexorablemente a través del tiempo, surgirían espíritus que no tengan un buen gobierno de sí mismos; guiados por sus pasiones más violentas, tratando en todo caso de querer ser superior a la naturaleza. Hay, por tanto, en las ciencias y las artes una corrupción de acuerdo al grado de perfección al que tienden, o el progreso al que aspiran y que, correlativamente, provoca trastornos en el intelecto y gusto de las almas, según lo analizado por J.J. Rousseau (1750). Pienso que la humanidad pasa por desapercibido el acto de lo forzoso y excesivo que se tiene sobre la naturaleza, pues de ser lo contrario el «discernimiento general» rechazaría mucho de lo novedoso, como piensa Montaigne: “No es razonable que el arte aventaje a nuestra grande y pujante madre naturaleza”, y prosigue diciendo que las invenciones han ahogado del todo su belleza y riqueza que relucían por su pureza, mas nuestras vanas y frívolas empresas la avergüenzan. 

       Las proposiciones hasta aquí formuladas nos llevan, por consecuencia, a admitir que el arte y la ciencia –puramente humanos– son ineficientes sin los principios de la naturaleza. Puesto que el ser humano lo que desea es el supremo bien, ¿cómo, pues, lo obtiene sino es por medio de la naturaleza? Bien dicen los estoicos que lo que está de conformidad con la naturaleza debe ser preferido por sí mismo y lo opuesto debe ser rechazado, pues el deber para procurarse el bien es conservar el estado natural y retenerlo en todo caso, y con base en este criterio de selección y rechazo, se sigue el modo adecuado para comprender lo que es y lo que en verdad puede llamarse bien (Cicerón, 45 a.C). Así, un alma bien constituida de conformidad con lo natural, podrá aprehender lo que realmente es primordial en el mundo y desengañarse de un falso bien, como en este soneto de Sor Juana Inés de la Cruz (1609) en donde se puede notar un insaciable deseo por alcanzar un sueño vano, mientras que la realidad queda al margen, es decir, se pierde la naturaleza que es necesaria para la vida humana:

Verde embeleso de la vida humana
 loca Esperanza, frenesí dorado,
 sueño de los despiertos intrincado,
 como de sueños, de tesoros vana; 
alma del mundo, senectud lozana,
 decrépito verdor imaginado;
 el hoy de los dichosos esperado
 y de los desdichados el mañana:
 sigan tu sombra en busca de tu día
 los que, con verdes vidrios por anteojos,
 todo lo ven pintado a su deseo;
 que yo, más cuerda en la fortuna mía,
 tengo en entrambas manos ambos ojos 
y solamente lo que toco veo.

       Así pues, todo lo necesario para el ser humano está intrínsecamente en la naturaleza. Lo que debe saber y hacer es manifiesto por los modos en que muestra su ciencia y arte. Con suficiente razón dice Francois Bacon:

       Pues el hombre no es más que un sirviente y un intérprete de la naturaleza. Lo que hace y lo que sabe sólo es lo que ha observado del orden de la naturaleza en hechos o en pensamiento. Más allá de esto, no sabe nada y no puede hacer nada. [...] Y tampoco se puede mandar a la naturaleza sin obedecerla (F. Bacon, 1585, p. 26)

       Ahora bien, podrá objetarse que quién posea arte y ciencia no debe utilizarlos sino en pro de la humanidad, se asemejen o no a la naturaleza, sin importar si conservan o no sus principios, pues el fin último es procurar el progreso o perfección; lo que viene siendo igual a alcanzar el supremo bien. No obstante, la idea no es esa, pues no se trata de seguir estrictamente lo prescrito por el sistema del progreso, sino de dudar los bienes obtenidos por los medios. Así Francois Bacon hace esta exhortación: 
“Finalmente, dirigiría una amonestación general a todos; que mediten en los verdaderos fines del conocimiento y que lo busquen, no por el placer mental, o para la contienda o por ser superiores a otros, o por ganancia, fama, poder o cualquiera de estas cosas inferiores, sino para beneficio y uso de la vida, y que lo perfeccionen y gobiernen en la caridad.” (F. Bacon, 1585, pp. 15-16)

       Finalmente, aunque exista una corrupción en el arte y la ciencia, aquel espíritu que las ejerza debe adecuarse a los principios esenciales de la naturaleza. Todo aquel que las posea tiene que poner en término de duda toda invención, para evitar alienarse a sus técnicas. Pues solo así se comprenderá que el verdadero mal para el humano está en la negligencia a seguir las leyes de la naturaleza. Solamente así se podrán cultivar más espíritus naturales: sagaces como Newton, observadores como Kepler, dudosos como Pascal, capaces de afrontar los embates de un tiempo sin medida, como un devoto Bruno, quien murió en la hoguera por su intelecto conforme a la naturaleza.



Referencias Bibliográficas
  • Bacon, F. (1585). Instauratio magna. México: Porrúa, p. 5, pp. 15-16 y p. 26.
  • Cicerón. (45 a.C). Del supremo bien y del supremo mal. Madrid: Gredos, pp. 188-189.
  • Inés de la Cruz, S. J. (1609). Obras completas. México: Porrúa, p. 137.
  • Montaigne, M. E. (1580). Ensayos completos. México: Porrúa, p. 156.
  • Rousseau, J. J. (1750). Discurso sobre las Ciencias y las Artes. México: Porrúa, p.111, p. 118 y p. 120.

Rodrigo García Nava / Español 1 de licenciatura 

Comentarios